miércoles, abril 22, 2009

“Vivimos un exceso de inmunidad” (nota a Roberto Esposito en Diario Perfil)

Muy buena nota a Roberto Esposito de Luis Fernandez para Diario Perfil...(salio el dom 19 de abril)

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El filósofo italiano –que pasó recientemente por Buenos Aires para presentar “Tercera persona. Política de la vida y filosofía de lo impersonal”, editado por Amorrortu– es uno de los más destacados pensadores contemporáneos. Sus libros giran en torno a la discusión sobre la biopolítica –los mecanismos de control de la vida–, la comunidad y los confines de lo político, en discusión crítica con sus compatriotas Agamben, Virno y Toni Negri.
Por Luis Diego Fernandez

Filósofo. Es profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Nápoles. Tercera persona –su libro más reciente en castellano– apareció originalmente en italiano en 2007. Siguió adelante con sus tesis sobre las formas de control hoy.
Algo está sucediendo en la filosofía italiana. Podemos decir, sin lugar a dudas, que en la última década lo medular y sustancial del campo filosófico está pasando por el país latino. Esto lo tiene muy claro Roberto Esposito, uno de los filósofos que forman parte de un grupo tan heterogéneo como diverso pero con intereses y campos de análisis comunes. Grupo del que forman parte también Giorgio Agamben, Gianni Vattimo, Toni Negri, Maurizio Lazzarato, Paolo Virno y Franco Berardi.

El programa intelectual de Roberto Esposito es uno de los más sistemáticos y claramente definidos de la actualidad. Sólo basta repasar toda su obra para ponerlo en evidencia. Y esta coherencia no es un dato nada menor. Así como la filosofía francesa, anglosajona o alemana tuvieron programas intelectuales consistentes, hoy algo similar está aconteciendo en el pensamiento italiano. La filosofía italiana y, en particular, el pensamiento de Roberto Esposito, se articula en torno a la categoría de “vida”. La cuestión de la “vida”, el biopoder y la biopolítica han sido tres grandes columnas sobre las que ha girado la filosofía de Esposito. Desde Categorías de lo impolítico, pasando por la tríada Communitas, Immunitas y Bíos, y llegando a Tercera persona –quizá su libro más personal y complejo–, Esposito ha deconstruido las grandes categorías de la modernidad filosófica; en su nuevo libro, el propósito está claro: deconstruir la noción de persona humana. Categoría que, según Esposito, se configuró en torno a un dispositivo que cercenó o dejó fuera todo lo referente a lo animal, corporal, que había en el hombre. Categoría que centraba su status en torno a la idea de alma o conciencia. En este sentido, Tercera persona se enmarcará como una obra deconstructiva cuyo objetivo es la reflexión en torno a la posibilidad de una “persona impersonal”. Una suerte de cuña que desarme o reintegre el elemento animal en el marco de un concepto de persona que desde la modernidad lo quitó de su composición. Pero aún hay más, Tercera persona plantea indicios fuertes del desarrollo de una biopolítica afirmativa. Proyecto hermanado con la filosofía del último Michel Foucault y de Gilles Deleuze. La construcción de una esfera biopolítica de la afirmación o de la singularidad es un acontecimiento mayor en la filosofía contemporánea. Y la filosofía de Esposito –así como la fertilidad de la filosofía italiana en general– es vigorosa, actual, estimulante y lúcida, precisamente porque volvió a salir al mundo y a pensarlo con categorías nuevas y complejas.

Roberto Esposito es una persona amable, cordial, con movimientos lentos y habla pausada. No parece napolitano –por lo menos, la imagen clisé que uno tendría de ellos. Invitado a un seminario de filosofía política organizado por la Universidad Nacional de General San Martín, tuvimos la posibilidad de conversar de forma distendida sobre una diversidad de problemáticas y temas que hacen a Tercera persona, su nuevo libro, publicado por Amorrortu.

—En los últimos años la filosofía italiana parece estar viviendo un gran momento, quizá el más interesante en su historia. Un momento de efervescencia, fertilidad, vigencia e innovación. Esto se verifica en trabajos como el suyo, pero también en filósofos como Giorgio Agamben o Toni Negri. ¿A qué cree que se debe?

—Justamente, estoy trabajando en un nuevo libro que toca este tema, donde planteo una respuesta a la hipótesis que usted me formula. Yo creo que el momento de la filosofía italiana, su vigencia, es porque desde siempre se ha centrado en la categoría de vida. En la historia de la filosofía contemporánea, hemos pasado por momentos donde tuvo preeminencia la filosofía analítica anglosajona, luego la filosofía francesa con sus grandes maestros como Derrida o Deleuze, que hoy parece estar perdida o disminuida; posteriormente, la filosofía alemana tuvo en pensadores como Habermas y Apel el desarrollo de la teoría de la acción comunicativa que no tuvo continuidad. Lo que entiendo es que todas ellas se centraron en una cuestión metodológica, una relación continua en la cuestión del método; donde esto se vio claramente fue en la discusión entre la tradición analítica anglosajona y la deconstrucción europea. Creo que la filosofía italiana, a diferencia de ellas, siempre ha estado centrada en la categoría de vida. Y hoy su desarrollo sigue centrado en esta cuestión. No es una filosofía de la conciencia ni del método, sino focalizada en la vida. Muchos filósofos italianos han pensado esta categoría, ya desde Giordano Bruno o Vico se marca su rasgo distintivo. Precisamente, hoy el tema de la vida y de la biopolítica es una cuestión central en el mundo. Mi visión es que la filosofía italiana se encuentra directamente relacionada con el mundo contemporáneo. De ahí su vigencia.

—En su último libro, “Tercera persona”, plantea el concepto de “persona impersonal”. Haciendo un “racconto” de diferentes propuestas que van en esta dirección de filósofos como Benveniste, Kojeve, Blanchot o Levinas, usted relaciona esta idea con la unión de conceptos como “bíos” (vida política) y “zoé” (vida animal). ¿Cómo sería esta persona impersonal?

—Desde la tradición, la idea de persona humana siempre estuvo ligada a la categoría de conciencia, de alma. En esto fue clave la división cartesiana entre res cogitans (conciencia) y res extensa (materia). En este sentido, la visión cristiana definía la persona humana como lo opuesto al animal, precisamente por la preponderancia del alma por sobre lo corporal y lo instintivo. Básicamente, la persona era el ánima, la voluntad era lo propio de lo animal. Por lo tanto, el hombre estaba reducido sólo a la conciencia, a un sujeto cerrado sobre sí que impedía cualquier vínculo con lo otro de sí mismo. La dimensión humana en la modernidad, entonces, está ligada a la conciencia. Lo que yo intento hacer es criticar esta separación de la tradición. Al deconstruirla, el propósito es integrar la dimensión de la vida animal, que es la vida biológica, la zoé, a la esfera de la persona, a lo que era lo propio del hombre para la modernidad. En cierto modo, mi mirada apela a una composición que concibe al hombre como una suerte de máquina donde lo animal tiene su lugar central.

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—En su obra se plantea la posibilidad de una biopolítica afirmativa. Tomando a Nietzsche y a Foucault como planteos previos, cuando estos dos pensadores tenían una visión negativa de la biopolítica, usted desarrolla una visión afirmativa. ¿En qué medida podemos pensar una biopolítica de estas características? ¿Cómo se articularía?

—En primer lugar, yo no creo que Nietzsche tenga una visión negativa del biopoder. En la filosofía de Nietzsche tenemos una apología de la sensualidad del cuerpo y la voluntad de poder que es claramente afirmativa. En Foucault, por otra parte, tenemos el desarrollo de una estética de la existencia que opera de una manera no negativa, antinormativa. Quien sí desarrolla una biopolítica claramente negativa es Agamben, a través de su análisis del exterminio, de una tanatopolítica. Yo creo que la clave, en primera instancia, es la relación entre vida y política. Al ver cómo se relaciona la vida con la política, detectamos cuál avanza sobre la otra. Si la política va sobre la vida o si la vida es la que coopta a la política. En algún sentido, la clave es pensar vida y política de forma conjunta, sin que una coarte a la otra. Una biopolítica afirmativa implica que la vida tendría un lugar de mayor relevancia que la política. O que se daría por sobre ella.

—Uno puede detectar que su obra tiene un influjo importante del pensamiento de Michel Foucault. ¿Cree que la filosofía de Foucault tiene vigencia, se siente heredero de cierta forma de trabajo que él tenía?

—En el inicio de mi carrera trabajé a partir de la filosofía y las categorías de Heidegger. Ya que me centré en pensar una deconstrucción de las categorías propias de la política, sobre todo en lo impolítico, Heidegger fue fundamental para mí. Luego mi pensamiento siguió siendo consecuente en la línea de la deconstrucción y llegué a Derrida y Nancy. Posteriormente, sí, efectivamente viene Foucault pero también Hannah Arendt, que se tornaron centrales para el desarrollo de las cuestiones de la biopolítica. Y también Gilles Deleuze.

—En la Argentina la cuestión de la seguridad es un tema de agenda permanente de los medios. Un tema prioritario en los reclamos y en la polémica diaria. Tengo la impresión de que pensamientos como el suyo o el de Foucault funcionan como herramientas para pensar esta problemática. ¿Cree que es así?

—En primer lugar, le digo que no sólo es un tema de la agenda argentina, yo soy de Italia, Nápoles, y la cuestión es central en los medios y en la realidad que vivo. Estamos acostumbrados a esta problemática. Y también lo es a nivel mundial. Efectivamente, yo creo que Foucault pensó la relación entre seguridad y Estado, pero no lo articuló con el mundo de su tiempo, sino que le sirvió para pensar el dispositivo en que opera la seguridad con respecto a la población y al gobierno. La cuestión de la inseguridad en Foucault pasaba más por el ejercicio de un pensamiento que por un vínculo concreto con la realidad.

—En el marco de una crisis mundial con las características de la que vivimos, filosofías como la suya hacen referencia continua a cuestiones del mundo contemporáneo de manera directa. Tengo la impresión de que la filosofía está saliendo al mundo de nuevo. ¿Le parece que la filosofía está aportando conceptos que permiten entender esta crisis?

—Sí, es cierto, la filosofía ha salido al mundo. Efectivamente, creo que la crisis que vivimos podemos entenderla como producto de un exceso de inmunidad. Vivimos un exceso de inmunidad. La sobreprotección que se pretendió en el marco de un flujo financiero dio por consecuencia el colapso del propio cuerpo social. La finanzas, que tenían por finalidad la protección del mundo real, terminaron por ponerlo en crisis. Lo que se suponía nos daría mayor solidez y estabilidad acabó por tornarse peligroso. Y el mundo real terminó siendo destruido por el exceso en esta pretensión de inmunidad. Es un caso claro en el cual lo que debe garantizarnos protección se derrumba por el exceso de protección.

—Indudablemente, la tecnología está influyendo en la composición de un nuevo cuerpo, y la filosofía intenta modos innovadores para pensarlo. En ese sentido está la idea de prótesis en Derrida o Nancy. ¿Cómo sería el cuerpo de esta nueva subjetividad en relación con su planteo de persona impersonal?

—Creo que hay un libro de Jean Luc Nancy que es fundamental en lo que usted comenta. Se llama El intruso. En él Nancy cuenta su propia experiencia al recibir el trasplante del corazón de una mujer negra en su cuerpo. Este relato de la intervención quirúrgica le sirve para pensar el cuerpo como comunidad. La subjetividad que piensa Nancy es a partir de la idea de comunidad o, también, de máquina. El caso de la idea prótesis técnica, que cita Derrida, implica, siguiendo a Heidegger, un peligro, ya que su lectura de la técnica no era optimista. Sin embargo, claramente, la nueva subjetividad tendrá que pensarse en términos de máquina. O bien como una comunidad cuyos miembros son diferentes. Esto, de por sí, es algo muy distinto a lo que entendimos hasta este momento por subjetividad. En este aspecto, el concepto de devenir-animal de Gilles Deleuze es de suma importancia también para pensar una nueva forma de subjetivación. Creo que estos elementos serán fundamentales en lo que vendrá.

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